Mi cuerpo, mi mundo

 

En la cotidianidad nos movemos en un mundo que nos exige actuar de diferentes formas, según las experiencias y los estímulos a los que estamos expuestos desde nuestra gestación hasta nuestra vejez,  el movimiento nos representa, nos permite interactuar con el entorno, y las personas, por tanto nos genera un reconocimiento del mundo que nos rodea, y de lo que nos compone como seres humanos.

Desde la gestación el cuerpo se expresa por medio del movimiento, nuestras emociones, sentimientos, percepciones, dan pie a procesos comunicacionales de la familia gestante con su bebé, puesto que esta es directamente influenciada por las “pataditas”, “cambios de posición”, y experiencias que forjan el vínculo y construyen experiencias de interacción para afrontar el mundo físico que diariamente protagonizamos.

En la fundación Carla Cristina nos pensamos espacios para reconocer la relación del cuerpo, pensamiento, movimiento y mundo,  surgiendo en esta vía la  psicomotricidad como un lugar intermedio entre el desarrollo físico y el psicológico.

Para esto, es necesario retomar que el cuerpo no solo es nuestra imagen, es nuestro sostén, nuestra herramienta  para realizar cualquier acción en la vida, y haciendo referencia a la educación psicomotriz, el cuerpo es  el elemento físico mediante el cual expresamos nuestros movimientos, nuestro afecto, nuestras conductas, reconociendo lo que nos rodea, y eligiendo como y cuando relacionarnos con estos estímulos. En los hogares, desde muy temprana edad las interacciones y expresiones corporales afectivas se basan en lo cotidiano, permitiéndole a un individuo, relacionarse conscientemente con su cuerpo y generando un conocimiento propio de sus gustos, elecciones, expresiones, entre otros.

A través del   movimiento, los niños y niñas exploran y experimentan el mundo que los rodea conociendo los límites de su cuerpo y capacidades. Este conocimiento proporciona autonomía, seguridad y autoestima, potencializando habilidades sociales para el desarrollo infantil. Por ende, para fortalecer procesos psicomotrices, surge el juego, como herramienta que permite el disfrute sensitivo de una actividad, descubriendo el placer que genera en el ser humano realizar una u otra acción física.

Por lo anterior, el juego permite una expansión de lo simbólico y lo imaginativo, construyendo  la potencialización del desarrollo psicosocial donde se reconocen elementos como : El gozo, placer, creatividad y conocimiento, generando a su vez, conexiones mentales, reforzando las existentes y construyendo nuevas.

En esta interacción lúdica se genera la creación de nuevos pensamientos, emociones y toma de decisiones, regulando emociones, fomentando curiosidad, creatividad, exploración y el descubrimiento de nuevos conocimientos.

De igual forma, en la interacción cotidiana con los niños y niñas, surgen herramientas accesibles para el fortalecimiento psicomotriz, relacionando juegos de movimiento, danza en familia, actividades de interacción ocular, música y movimiento, circuitos caseros que relacionen acciones como saltar, trepar, reptar, estirar, encogerse, entre otros, aproximación corporal por medio de abrazos, miradas cercanas, abrazos, y finalmente, todas las acciones vinculares que potencialicen el movimiento intencionado.

Finalmente, para potencializar la psicomotricidad en los niños y niñas, basta con reconocer el vínculo como herramienta favorecedora, la proximidad, la mirada, el contacto respetuoso cuerpo a cuerpo, las posibilidades de juego disfrutado tanto por el adulto que por el niño o niña, y la oportunidad de pensarnos el cuerpo trascendiendo lo tangible, lo visual, lo meramente nombrado, y reconociendo este, como una herramienta real para la interacción consciente con si mismo y con el otro.

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